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Tiza y Carbón
Blog de robertobongiorno
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10 de Marzo, 2008    General

La Brocha, el Tachito la Tiza y el Carbón, sus Armas Emblemáticas

TIZA  Y  CARBON

 Angel Pizzorno.

 

“Viva la livertá” escribió en 1795 en un precario panfleto, el relojero Antonini, habitante de Buenos Aires. El hombre fue torturado para que confesara su participación en un presunto complot y luego expulsado del Virreinato del Río de La Plata. El inquieto e infortunado vecino, inauguraba sin saberlo, la propaganda política callejera.

Desde entonces, la intensa historia política argentina tuvo las paredes de sus ciudades, como un frente más de batalla. No existen registros suficientes ni creíbles de pintadas y graffittis en los turbulentos años que median entre las Invasiones Inglesas y la era de la cultura de masas y las grandes movilizaciones populares del siglo XX. Si consideramos un punto de partida de esa práctica masiva y anónima, habría que fijarlo alrededor de 1945. Esa fecha fue un punto de inflexión en nuestra historia política y social. No por casualidad la militancia de ese Movimiento multitudinario que luego se llamó peronismo, toma la propaganda en sus manos y en la campaña electoral con vistas a las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946, se lanza a ganar la calle.

Junto a la divulgación del binomio Juan Domingo Perón – Hortensio Quijano, una multitud de consignas, murales, slogans y chascarrillos, algunos de gran creatividad, se apropian de los paredones de todas las ciudades del país. Muchas de esas consignas, contaron con un asombroso poder de penetración: es el caso de “Perón o Braden”. La frase lacónica, contundente y sin medias tintas, alude a la confrontación que había adquirido  un carácter  casi personal entre el Coronel Perón y el embajador estadounidense Spruille Braden; quien pese a su rol diplomático era de hecho la cabeza de la oposición política antiperonista.

La campaña electoral del verano 1945 – 1946 fue subiendo de temperatura emocional y las pintadas reflejaron ese estado de ánimo. Alegando una serie de violaciones a los derechos ciudadanos, la oposición estampaba en las paredes una palabra sugerente: ¡Basta!

Manos anónimas agregaban con un sentido escatológico que no excluía el humor político: “¿Te duele?”

Con el peronismo en el poder, afloran consignas que tienen relación con las obras de gobierno; como los logros del primer Plan Quinquenal, las realizaciones de la Fundación Eva perón y aquel slogan multiplicado hasta el infinito: “Perón cumple – Evita dignifica.”

Pero a medida que los proyectos de gobierno y oposición profundizaban sus diferencias, las paredes también fueron testigos del odio que había hecho presa de algunos sectores de la sociedad, en relación a los éxitos obtenidos por el gobierno de Perón. El testimonio más cruel de esa intransigencia extrema, fue una pintada tristemente célebre fijada en una pared del porteño barrio de La Recoleta: “Viva el cáncer”. El siniestro mensaje alude a la enfermedad  que padecía María Eva Duarte de Perón  y que poco después la llevaría a la muerte.

El fervor antiperonista evidenciado en esa frase, más adelante se traduciría en atentados terroristas perpetrados en medio de concentraciones populares y su corolario: el sorpresivo bombardeo aéreo sobre la ciudad de Buenos Aires llevado a cabo por personal de la Aeronáutica y la Aviación Naval, contando con apoyo civil y que dejó cientos de víctimas inocentes, el 16 de junio de 1955.

Algunos militantes antiperonistas utilizaban un símbolo que dibujaban en las paredes.

Se trata de una “V” corta con una cruz en su interior. Tal signo significaba “Cristo Vence.” El uso de ese emblema por parte de los llamados “Comandos Civiles” tenía que ver con cierta tirantez entre sectores de la jerarquía eclesiástica y el gobierno peronista. Los conspiradores pretendían darle así a su lucha, un carácter religioso que legitimara su accionar ante la población.

Derribado el gobierno constitucional en septiembre de 1955, los peronistas, ahora devenidos opositores,  se apropiaron de la “V” corta reemplazando la cruz por una letra “P.”

Ese símbolo sencillo, elemental y de veloz trazo, se convirtió en el emblema de la Resistencia Peronista. Los paredones de fábrica, los baños de los bares, los asientos de los medios de transporte público, los ascensores de edificios... toda superficie susceptible de ser escrita  o grabada, registraba las impactantes  P – V  una dentro de otra. Con brocha gorda, cal viva, alquitrán, carbón, tiza, trozos de ladrillo; todo servía para fijar la esperanza de casi todo un pueblo: Perón Vuelve. Entonces la tiza  y el carbón fueron la representación de una forma de lucha despareja, pero muy imaginativa y riesgosa. Vale recordar que por un decreto presidencial del gobierno de facto, pintar leyendas alusivas a Perón o al peronismo, se castigaba con prisión;  lo mismo que cantar, silbar o tararear las marchas Los Muchachos Peronistas y  Evita Capitana o poseer distintivos, fotos o cualquier elemento que se relacionara con el justicialismo.

 

 “Con tiza y con carbón

las mujeres con Perón.”

Cantaban las huestes femeninas seguidoras del ex mandatario, mientras eran reprimidas con gases lacrimógenos y carros hidrantes. En esos años de resistencia, realizar una pintada callejera implicaba serios riesgos para la militancia, particularmente bajo la vigencia del llamado Plan Conintes en el gobierno de Arturo Frondizi, cuando las penas se habían extremado. Pintar una consigna en una pared obligaba a portar tachos, brochas, pinceles. La materia prima solía ser cal viva, ferrite cuando se pretendía color, y aquellos que aspiraban a una frase perdurable en el tiempo, no vacilaban en utilizar el elemento llamado “negro de humo” o directamente alquitrán; pintadas que décadas más tarde, sobreviven desvaídas en muchos paredones suburbanos.                                                          

Bajo esas condiciones de rigurosa clandestinidad, la pintada alcanzaba un carácter casi épico;  los riesgos que se corrían para cumplirla, obligaba a otorgarle un valor superlativo.

Los activistas solían concentrarse en un punto determinado cercano al objetivo; guardar los elementos en una casa de las inmediaciones o trasladarlos en un vehículo, con el riesgo de “caer” en un control policial de rutina sin haber consumado la tarea. Se ubicaban “campanas”; es decir compañeros que debían dar la voz de alerta en caso de peligro y mientras unos blanqueaban la pared,   los letristas estampaban la consigna. En el mejor de los casos, si la pintada se consumaba sin incidentes, el militante sumaba un galardón más a su historial y a la conciencia activista. Si alguno era detenido en medio de la faena, comenzaba un recorrido plagado de problemas, ya que a la dureza de las penalidades vigentes, se le sumaba la probable pérdida del empleo, las molestias al grupo familiar y todo el trastrocamiento de la vida cotidiana. Si el militante no pertenecía a una agrupación u organización medianamente estructurada, su situación se complicaba; ya que había que conseguir abogados, generalmente compañeros que tomaban el caso sin cargo, pero si el grupo no tenía conexiones, todo era mucho más difícil si alguno “caía” detenido. No hay que olvidar que ese peronismo resistente y que se expresaba con la “tiza y el carbón”, como lo establece la mítica frase, no estaba organizado sistemáticamente, ya que las condiciones de ilegalidad complicaban todo el funcionamiento; mucho más si las tareas de propaganda estaban vinculadas a algunas acciones como el sabotaje o ciertos niveles de violencia.

Luego del breve interinato del General Eduardo Lonardi, obligado a renunciar por el grupo liderado por el General Pedro Aramburu y el Almirante Isaac Rojas, sobreviene una etapa de feroz represión y suspensión de los derechos políticos de quienes, como luego lo confirmaría el veredicto de las urnas, eran la mayoría de los argentinos. Junto con el arsenal de recursos judiciales aplicado a personalidades justicialistas y a las numerosas organizaciones sociales, políticas y sindicales identificadas o sospechadas de peronistas, la dictadura de Aramburu – Rojas apunta a destruír ese hilo invisible que unía al General perón y  a Evita con la gente. El gobierno antiperonista suponía ingenuamente, que mediante la aplicación de decretos – leyes represivos, se borraría de la memoria popular

  lo sucedido en esa última década. La reacción fue todo lo contrario. Miles de pequeñas y grandes leyendas aparecían a diario en los lugares más insólitos. Junto a panfletos de primitiva factura, en muchos casos hechos a mano, las emblemáticas “P – V” rayadas en algún respaldar del colectivo, de los trenes, de los buzones del correo, en fábricas, escuelas, universidades, los cuarteles... y ni hablar de los baños públicos!

Pero el hecho escandaloso de esa “pax” democrática para sólo un sector de la sociedad, lo representaban esas manifestaciones anónimas que surgían  imprevistamente, cuando el Poder creía que ya habían muerto, que nadie se acordaba; y de la noche a la mañana cualquier paredón fabriquero exhibía al sol de la mañana esa leyenda desafiante y lacónica, como una bofetada al Nuevo Orden: ¡Perón Vuelve!  

Esa etapa conocida como La Resistencia, combinó formas rudimentarias de lucha armada con las pintadas callejeras, panfletos, rumores, huelgas y manifestaciones. La inestabilidad política que generó el ejercicio de esa democracia restrictiva,  fue la principal causa de la sucesión de gobiernos  electos débiles y dictaduras militares que al poco tiempo se veían obligadas a convocar a elecciones; recomenzando el ciclo. El telón de fondo de esa irrealidad política, era la ausencia del peronismo, permanentemente  proscripto, a pesar de algunos ensayos provinciales que pretendían incorporarlo bajo nuevos rótulos y con un estricto control. La militancia entonces, acompañó esos experimentos, si contaban con la aprobación del General Perón. Se resignó a propagandizar siglas como  Frente Nacional y Popular en la Provincia de Buenos Aires en 1962, Unión Popular en varias instancias y en diferentes distritos;  pero siempre estaba presente el nombre del líder  exiliado o se estampaban consignas que eran parte indiscutible del acervo cultural y político del justicialismo.

Pero además de las frases,  las paredes registraban también la extraordinaria dinámica interna que vivía el Movimiento Peronista en sus diversas ramas y organizaciones.

Era frecuente  que los muros exhibieran ciertas firmas de agrupaciones que al poco tiempo sufrían modificaciones en sus siglas o sencillamente desaparecían o mudaban por completo de nombre. Estos cambios obedecían a fusiones entre distintos grupos o a divisiones: tales      

las innumerables denominaciones internas que identificaban a quienes se cobijaban bajo un nombre común: Juventud Peronista. La fluctuante realidad política y el inconmovible corset represivo que pretendía impedir ese desborde peronista que tozudamente, aparecía en elecciones proscriptivas mediante el voto en blanco, o a través de las tomas de fábricas que más allá de las reivindicaciones laborales siempre se las ingeniaban para instalar el nombre de Perón,  o las “hinchadas” futboleras que cerraban la actuación exitosa de su equipo coreando la marcha Los Muchachos Peronistas, ante la mirada impotente de los efectivos policiales. Pero el acto casi litúrgico por su carácter anónimo, sentencioso, omnipresente, era la pintada. Esa leyenda misteriosa que entre la noche y la mañana aparecía desafiante, descaradamente a la vista de la vecina que iba a hacer las compras, del jefe de hogar que marchaba a su trabajo, del verdulero que levantaba la persiana del local y tenía como horizonte esas letras de trazos a veces desparejos  y otras prolijas; con frases concisas y profundas y en otras oportunidades, con un barboteo elemental y  con evidentes faltas de ortografía. Pero en todos los casos, esa suma de voluntades apuntaban a un objetivo común: Perón. En sus distintos niveles de deseo;  desde el categórico “Perón vuelve, carajo” hasta la paradigmática “P – V”, pasando por las distintas variantes propagandísticas que el inagotable ingenio militante aportaba.

Luego de la fallida “Operación Retorno” del General exiliado en 1964, que lo obligó  a regresar a Madrid debido a una acción concertada entre el gobierno argentino surgido de elecciones proscriptivas y la dictadura brasileña, el activismo peronista redobla la apuesta y paulatinamente toma conciencia que solo puede confiar en sus propias fuerzas para cambiar la realidad: inclusive el andamiaje judicial, fachada legalista de una evidente injusticia, está subordinado a una batería de leyes anacrónicas y revanchistas cuya única posibilidad de ajustarse a derecho, pasa por un sinceramiento de la realidad político – social.

Esa militancia que se reconoce mayoritaria pero que sin embargo no atina a coordinar acciones ni formas organizativas comunes y aceptadas por todos, pese a reuniones, congresos y cabildeos semi clandestinos, insiste en el inagotable reservorio de recursos de las bases peronistas para mantener viva la esperanza del retorno de quienes llaman El Hombre, El Líder, El Macho, El General... y los más confianzudos, El Pocho; por aquel gorrito deportivo que Perón supo usar en  días más felices.

Como todo hecho trascendente que se convierte en bisagra histórica, no tarda mucho en alcanzar categoría de mito; al menos en los aspectos anecdóticos. Así, sin un origen claro, surge la historia del avión negro que súbitamente depositará al hombre providencial en nuestra tierra irredenta. Pero más allá de esa presencia incorpórea que los réprobos y elegidos no pueden ignorar y que se llama Perón, el diario batallar del pueblo por defender una calidad de vida y una escala de valores  agredidos por los esquemas socio económicos posteriores a 1955, con la incorporación de una nueva generación se renueva el debate y los métodos para alcanzar esos objetivos. La militancia, haciendo anclaje en los puntos de inflexión de nuestra Historia, no rehuye la reivindicación de las figuras paradigmáticas de nuestro proceso de formación nacional y rescata el rol de los caudillos. Por lo tanto, el General perón es la síntesis de ese largo devenir histórico que se aborta violentamente en 1955. Planteado así el problema, sin margen para que el peronismo dirima democráticamente su representatividad, la masa peronista se abroquela en torno a la figura de Perón e invoca  su retorno, como la única alternativa para retomar el rumbo de esa “Argentina grande con que San Martín soñó” como añora la celebérrima marcha.

El siniestro secuestro del cadáver de Evita desde su lugar de descanso en la CGT y su penoso peregrinar durante casi dos décadas, agrega una cuota de dolor y agravio mayor a lo ya padecido por los millones de argentinos que adhirieron al modelo que constitucionalmente se impuso en febrero de 1946.

Como no podía ser de otra manera,  la reflexión política se transforma en nuevas líneas de acción y de aquel mítico “Perón Vuelve” que expresa más un deseo que una propuesta para convertir el deseo en realidad, las paredes comienzan a hacerse eco de una consigna que expresa nada más y nada menos, que un salto cualitativo en la conciencia política y en la práctica de esa militancia que a veces intuitivamente, toma la política en sus manos. Así, los muros ciudadanos ya acostumbrados a las pintadas peronistas, expresan ese cambio en un nuevo mandato: “Luche y Vuelve.”

Sin lucha no hay retorno. Ese es el mensaje. Y así se suceden varios gobiernos de distinto signo y suerte, siempre bajo la tutela militar, hasta que la  década de 1970 inaugura un ciclo nuevo y dramático. El peronismo arriba a esa fecha con su bagaje de muertos, presos, despedidos. La industrialización a la que dio lugar la experiencia 1946 – 1955, generó una poderosa clase obrera y su correlato: el poder sindical. Los muros se tiñen de pintadas que expresan compulsas internas en el ámbito gremial, pero hay como una aureola apenas visible en el tenor de las consignas que delatan su filiación ideológica: la gran mayoría de los trabajadores sindicalizados adhieren al peronismo.

La dictadura instaurada en 1966 a poco andar, confirma con hechos su nula voluntad de diálogo. Una vez más, la masa peronista desde sus distintos espacios de pertenencia, vuelve a batallar. La tecnología hace su aporte a la flamante situación: ya no es imprescindible salir con brocha y tacho:  las pinturas en aerosol suplen a aquellos adminículos y facilitan la huída en caso de aparecer los represores. Pero no toda la militancia puede darse esos lujos: en la mayoría de los barrios, continúa el uso de la cal y el ferrite, las distintas pinturas conseguidas solidariamente o compradas de oferta y hasta el temido alquitrán, que tantos dolores de cabeza ocasionó a vecinos ajenos a la compulsa política.

Ya entrados los años ’70 y con el surgimiento de las primeras organizaciones armadas, las paredes se transforman en escenario frecuente de las consignas que agitan esas agrupaciones. Es frecuente  y casi rutinario, el pulular de frases de tono bélico e intransigente:

“Perón o muerte...!” determina una consigna parafraseada a Juan Facundo Quiroga de su pendón negro que decía : “Religión o Muerte”.

“Cinco por uno.” Amenaza otra leyenda que toma la frase pronunciada por el General Perón el 31 de agosto de l955, cuando comprendió que la oposición apostaba en masa al golpe de estado.  Del  “otro lado”, no se realizaban pintadas pero se proferían frases amenazantes como aquella pronunciada por el presidente de facto General  Alejandro Agustín Lanusse: “Las armas no las tenemos de adorno.”

Habilitado el proceso electoral de 1973, la militancia despliega todo su ingenio para seducir al electorado: “Con Cámpora y Solano, ganamos por afano.”  Se ufana una pared aludiendo a los candidatos del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima. El aniversario del fallecimiento de Evita, es recordado por numerosas marchas de antorchas que a su paso iluminan paredes que recuerdan: “Eterna en el alma del pueblo” ;  “Donde hay una necesidad hay un derecho” ;  “Evita Santa”  ,  y así hasta el último tapial suburbano. Multiplicando en infinitas frases el homenaje a Eva perón y la adhesión masiva de un pueblo que percibe un giro histórico en su larga marcha por un destino mejor.

Pero a pesar de la aplastante presencia de los pintores peronistas, otros sectores disputan  la prioridad en las paredes, y la intensa movilización política permite la aparición de consignas estampadas por partidos de cuya existencia casi nadie tenía memoria. La intensa politización de aquellos vertiginosos años, reflejan también en las pintadas, las contradicciones internas del Movimiento, que harán crisis en poco tiempo.

La llegada al gobierno del General Perón en octubre de 1973, luego de la renuncia del binomio Cámpora – Lima, corona  un viejo anhelo popular. Entonces los muros anónimos exigen: “Todo el poder a Perón.”

El fallecimiento del Líder en julio de 1974, da lugar a una enorme manifestación de dolor. También las paredes expresan el pesar de la militancia: “Hasta la victoria mi General” ; saluda algún sector. “Perón vive” sostienen en otro lado. Esa consigna pronto se transforma en un “vive” a secas; pero todos sabían de quien se hablaba.

La instauración de la dictadura en marzo de 1976, genera nuevas formas de resistencia que en la medida que aquella se debilita, van apareciendo en las paredes argentinas. “Luche y se van”; convoca una de las frases más frecuentes. Como en los tiempos del “Luche y Vuelve”, el ciudadano sabía a quienes se refería la breve frase.

La llegada de la democracia en diciembre de 1983, provoca también una intensa movilización propagandística del justicialismo y el radicalismo entre los primeros lugares.

“somos la rabia”, afirma un denominado Consejo de la Juventud Peronista, junto al reflotado “Perón Vive”. Las sucesivas crisis políticas y sociales cuyo corolario fue el cimbronazo de 2001, alejaron a cierta parte de la militancia de la política activa, apareciendo entonces, los grupos de pintores “profesionales”. Se trata de equipos con dedicación de tiempo mayor, una estructura mínima de logística y hasta nombre que los identifica. Es frecuente ver en las paredes capitalinas y en las ciudades del Conurbano bonaerense, esas pintadas que además del nombre del candidato y el partido que representa, se identifican con el logo o nombre del grupo que pintó.

La política del siglo XXI con sus modernos medios de comunicación, parecería haber arrinconado a la pintada en un lugar secundario de la propaganda; pero no es así. Basta con observar las paredes en tiempos electorales. No obstante, por debajo de las espesas capas de cal y nombres de flamantes candidatos, de tanto en tanto es dable observar que alguna consigna del pasado pintada con alquitrán, se insinúa como tratando de forzar el presente y dando testimonio de aquel pasado, que con mucho de épico, recuerda que la militancia es un acto de servicio; y la brocha, el tachito, la tiza y el carbón, sus armas emblemáticas.

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publicado por robertobongiorn a las 13:00 · 2 Comentarios  ·  Recomendar
 
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Comentarios (2) ·  Enviar comentario
interesante tema historico , lo copio para poner en la tribu de cachuso.gracias
publicado por cachuso, el 18.10.2008 11:52
En qué librería se puede comprar el libro? Muchas Gracias.
publicado por Atilio, el 09.10.2012 14:07
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